Es que Cristo está allí realmente presente en el Sagrario y como Dios que es, nos conoce y nos llama.
El sol ilumina, calienta, ejerce
atracción sobre los planetas, es el centro del sistema solar. Me gusta imaginar
a Cristo Eucaristía como un sol. La eucaristía es signo de la presencia viva
del Resucitado.
Las custodias donde se expone el
Santísimo Sacramento tienen forma de sol, la mayoría de las veces. En casa,
aquí en Roma, tenemos adoración eucarística todos los días; la custodia es
grande, como un sol, según se ve aquí en la foto.
Estar allí “expuestos al Sol”,
frente a Él, es escuchar que te dice: “He venido a traer fuego a la tierra y
qué quiero sino que arda” (Lc 12, 49).
En la órbita del Sol
Eucarístico
En momentos de fuerte sufrimiento
moral, de soledad, duda o confusión, la mayoría de nosotros, si no todos,
sentimos una atracción especial hacia Cristo Eucaristía. Y es que Cristo está
allí realmente presente en el Sagrario y como Dios que es, nos conoce y nos
llama.
Para eso se quedó con nosotros,
para ser compañero de camino, consuelo, alimento, luz y guía. La experiencia
nos demuestra cómo después de esas visitas al Santísimo salimos de la capilla
en paz. Tantas veces llegamos con el espíritu descompuesto y rebelde y después
de quince minutos frente a Él recobramos la paz. No hicimos nada, simplemente
estuvimos en su presencia, “expuestos al Sol”. Y Él hizo su labor. Sólo
necesitaba tenernos delante, rendidos con fe en su presencia, como la
hemorroísa: “Con que toque la orla de tu manto quedaré sana…” (cf Mt 9,21). No
es magia, es la fuerza transformante del amor de Dios.
En muchos libros y predicaciones,
al hablar de la unión con Dios y de la búsqueda de la perfección, se insiste en
los medios que el hombre debe poner para lograr progreso espiritual: los actos
de piedad, los ejercicios espirituales, los métodos de oración, etc. y da la impresión
de que la acción de Dios se deja en segundo lugar. Pero el progreso en la
oración es gracia, don de Dios. La acción principal es la que pone Dios. El
“espíritu que da vida” (1 Cor 15,49) es Él, y a Él lo recibimos por los
sacramentos que son la fuente de la vida espiritual.
Alimento espiritual
Al comer, el sistema digestivo
transforma el alimento en nuestro mismo cuerpo. En el caso de la Eucaristía, al
recibirla como alimento es Cristo quien nos transforma en sí mismo. Nos va haciendo
como Él.
Para hablarnos de la unión con
Él, Cristo nos propone la parábola de la vid y los sarmientos (cf Jn 15, 1-8)
Para visualizar la imagen, ayudan los iconos que representan esta parábola. Se
ve cómo la cepa, que es Cristo, alimenta los sarmientos con su savia. Esa
savia, energía o vida que nos transmite la hostia consagrada lo hace en virtud
de la presencia real de Cristo en ella, en cuerpo, alma y divinidad. Allí está
Cristo entero escondido con todo su poder de Dios. (cf. Catecismo 1374).
Cuando comemos su cuerpo y
bebemos su sangre, crece su presencia espiritual en nosotros, el amor va
creciendo, nos va transformando y modelando, haciéndonos más y más semejantes a
Él, manteniéndonos en vida espiritual.
La Eucaristía es vida, es “el pan
vivo bajado del cielo” (Jn 6, 51) “Si no comiereis la carne del Hijo del hombre
y no bebiereis su sangre no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,54). “Mi carne
verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida. Quien come mi
carne y bebe mi sangre mora en mí y yo en él (Jn 6,56-57).
Cuanto más nos expongamos
al calor del Sol, mejor
El maestro de oración es Cristo,
aquel a quien buscamos en la oración es a Cristo. Por eso, si queremos mejorar
nuestra comunicación con Dios lo mejor que podemos hacer es frecuentar a Cristo
Eucaristía, visitarle y recibir la comunión. Hacer la meditación diaria en su
presencia es excelente opción. Y así, poco a poco, será más grande nuestra
unión con Él, toda nuestra persona se irá modelando conforme a Su imagen. Este
es el poder de la oración ante Cristo Eucaristía.
“Podría decirse que la vida
eucarística conduce a una transformación de toda la sensibilidad, permitiendo
la aparición de los sentidos espirituales: la vista se transforma por la
contemplación, el gusto se hace capaz de percibir las realidades espirituales y
la dulzura de Dios, el olfato siente el aroma de la divinidad.” (cfr.
Teología espiritual, Charles André Bernard).
Por: P. Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com

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