En Dios, Uno y Trino, está el verdadero tesoro, la felicidad que no termina.
Amar
la patria. Para muchos resulta algo espontáneo. En ella nacimos y
crecimos. Será mejor o peor, pero es, simplemente, nuestra patria.
Existe, además, una patria que no he visto, que no he tocado, pero no por ello deja de ser importante: el cielo.
Porque
ahora somos, simplemente, peregrinos. Nada de la tierra dura
eternamente. Solo al llegar al paraíso, al cielo eterno, reconoceremos
que esa era la patria verdadera.
¿Pensamos
en el cielo como patria eterna? ¿Nos emociona como emociona a muchos su
bandera, el himno patrio, el nombre de su tierra?
El
cielo empieza a atraer cuando pensamos en lo que nos espera. Lo más
importante, lo más grande, lo más bello: el amor de nuestro Padre Dios.
En
Dios, Uno y Trino, está el verdadero tesoro, la felicidad que no
termina, la unión auténtica y plena con familiares, amigos, compatriotas
y extranjeros.
Solo
en el cielo tenemos una patria segura. Guerras, terremotos, epidemias,
hieren la fragilidad de nuestro suelo. Pero el amor auténtico, que viene
de Dios y a Dios nos lleva, dura para siempre.
Es
hermoso amar esa patria verdadera, soñar con ella, mirar el horizonte e
intuir lo que está más allá del espacio, del tiempo, de los impuestos y
de los miedos de nuestro mundo herido.
Cada día es diferente si dejamos que la esperanza nos acompañe, si abrimos el deseo del alma hacia un abrazo lleno de ternura.
Ahora
vivimos entre tinieblas. La luz libera del pecado, impulsa al
arrepentimiento, nos pone en las manos las llaves que permiten entrar,
definitivamente, en la patria eterna.
Por: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net

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