lunes, 19 de septiembre de 2016

Cielo patria eterna

En Dios, Uno y Trino, está el verdadero tesoro, la felicidad que no termina.

Amar la patria. Para muchos resulta algo espontáneo. En ella nacimos y crecimos. Será mejor o peor, pero es, simplemente, nuestra patria.

Existe, además, una patria que no he visto, que no he tocado, pero no por ello deja de ser importante: el cielo.

Porque ahora somos, simplemente, peregrinos. Nada de la tierra dura eternamente. Solo al llegar al paraíso, al cielo eterno, reconoceremos que esa era la patria verdadera.

¿Pensamos en el cielo como patria eterna? ¿Nos emociona como emociona a muchos su bandera, el himno patrio, el nombre de su tierra?

El cielo empieza a atraer cuando pensamos en lo que nos espera. Lo más importante, lo más grande, lo más bello: el amor de nuestro Padre Dios.

En Dios, Uno y Trino, está el verdadero tesoro, la felicidad que no termina, la unión auténtica y plena con familiares, amigos, compatriotas y extranjeros.

Solo en el cielo tenemos una patria segura. Guerras, terremotos, epidemias, hieren la fragilidad de nuestro suelo. Pero el amor auténtico, que viene de Dios y a Dios nos lleva, dura para siempre.

Es hermoso amar esa patria verdadera, soñar con ella, mirar el horizonte e intuir lo que está más allá del espacio, del tiempo, de los impuestos y de los miedos de nuestro mundo herido.

Cada día es diferente si dejamos que la esperanza nos acompañe, si abrimos el deseo del alma hacia un abrazo lleno de ternura.

Ahora vivimos entre tinieblas. La luz libera del pecado, impulsa al arrepentimiento, nos pone en las manos las llaves que permiten entrar, definitivamente, en la patria eterna.

Por: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net

¿Tienes fe para repartir?

¿Puedes dar a otros esa fe, esa visión de la vida, ese amor a Dios que tú tienes?

¿Tienes fe para repartir, es decir, tienes tanta abundancia que te sobra, y, por consiguiente, puedes dar a otros esa fe, esa visión de la vida, ese amor a Dios que tú tienes? ¿O es una fe que apenas te alcanza?

Como cuando uno va a comprar en el mercado, y se le antoja llevarse muchas cosas; pero, a la hora de sacar la cartera, se da cuenta de que no le alcanza, y empieza a dejar un objeto aquí, y luego otro, y luego otro, y se lleva solamente unas cuantas cosas porque no le alcanza el dinero.

¿Eres tú de ésos? ¿De los que son católicos a ratos? Quizás el domingo un momento. Quizás en algún evento especial de la vida. Pero luego hay horas, días y meses en que parece que ya no crees. Parece que no tienes un fuerte sostén espiritual. Parece que andas sin brújula en la vida.

Se necesita hoy gente que esté llena, llena de esa fe, llena de ese amor, llena de esperanza para repartir; porque hay más pobres, más mendigos del espíritu que mendigos de un pedazo de pan. Hay mucha hambre de fe, mucha hambre de Dios, y se requiere gente que la tenga en abundancia para repartirla.

Cuando el nivel de fe baja en el mundo, sube el nivel de la desesperación. ¿Por qué habrá hoy tantos desesperados?

Por: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

viernes, 16 de septiembre de 2016

La gracia y la eficacia de los Sacramentos

Es un don sobrenatural que Dios nos concede para poder alcanzar la vida eterna y es recibida a través de los sacramentos.

La Gracia
En nuestro lenguaje diario, la palabra gracia nos hace pensar en cosas agradables, pero cuando hablamos en un sentido teológico nos referimos a la “gracia sobrenatural”. Que es un DON sobrenatural que Dios nos concede para poder alcanzar la vida eterna, y esta gracia se nos confiere, principalmente, por medio de los sacramentos. Es algo que Dios nos regala, nadie ha hecho nada con su propio esfuerzo para obtenerla. El primer paso siempre lo da Dios. Es don sobrenatural porque lo que se está comunicando es la vida de Dios que va más allá de toda la naturaleza creada.

Solamente por medio de la gracia, el hombre puede alcanzar la vida eterna, que es el fin para el que fue creado. Esta regalo de Dios exige la respuesta del hombre.

Es un don sobrenatural infundido por Dios en nuestra alma – merecida por la Pasión de Cristo - que recibimos por medio del Bautismo, que nos hace, justos, hijos de Dios y herederos del cielo. El Espíritu Santo nos da la justicia de Dios, uniéndonos - por medio de la fe y el Bautismo – a la Pasión y Resurrección de Cristo. Cuando perdemos esta gracia al pecar gravemente, la recuperamos en el sacramento de la Reconciliación. Al recibir alguno de los otros sacramentos se nos aumenta esta gracia. Catec. nos. 1996ss

La gracia santificante es el don sobrenatural y gratuito que se encuentra en nuestra alma. Es una cualidad de nuestra alma, porque ella es la que perfecciona nuestra alma.

Ella produce tres efectos muy importantes en nosotros:
 
1.- Borra el pecado, es decir nos hace justos. La justificación es el paso del pecado a una vida de gracia.

2.- Nos hace posible la participación de la vida divina. Al borrarse el pecado, se nos comunica la vida de Dios, nos da una vida nueva.

3.- Por medio de la gracia, nuestras buenas obras adquieren méritos sobrenaturales. La Sagrada Escritura hace muchas referencias sobre estos méritos (Cfr. 1Tim. 4,7; Lc. 6, 38; 1Cor. 3, 8; Rom. 2, 6-8). Las promesas hechas por Cristo sobre los méritos de las buenas obras hizo que esto fuera declarado como verdad de fe (Cfr. Dz. 834). 

La Eficacia de los Sacramentos
Los sacramentos son medios de salvación, son la continuación de las obras salvíficas que Cristo realizó durante su vida terrena, por lo tanto, siempre comunican la gracia, siempre y cuando el rito se realice correctamente y el sujeto que lo va a recibir tenga las disposiciones necesarias, sin oponer resistencia. La recepción de la gracia depende de la actitud que tenga el que lo recibe.

Las disposiciones del que lo recibe son las que harán que se reciba mayor o menor gracia. La acogida que el sujeto esté dispuesto a dar a la gracia de Cristo, juega un papel muy importante en la eficacia y fecundidad del sacramento. La disposición subjetiva, es lo que se conoce como "ex opere operantis". Esto quiere decir “por la acción del que actúa”.

Los sacramentos son los signos eficaces de la gracia, porque actúan por el sólo hecho de realizarse, es decir, "ex opere operato" = por la obra realizada, en virtud de la Pasión de Cristo. Esto fue declarado por el Concilio de Trento como dogma de fe. Ellos son la presencia misteriosa de Cristo invisible, que llega de manera visible por medio de los signos eficaces, materia y forma. Cristo se hace presente real y personalmente en ellos. Por ser un acto humano, al realizarse con gestos y palabras y un acto divino – realizado por Cristo, de manera invisible – el cristiano se transforma y se asemeja más a Dios. Catec. n. 1128).

Los sacramentos son una manera, posterior a la Revelación, que satisface la necesidad que tiene el hombre de tener una comunicación con Dios y el deseo de Dios de comunicarse con el hombre. 

Por: Cristina Cendoya de Danel | Fuente: Catholic.net

El misterio de la gracia

 
Su naturaleza y la necesidad que hay de ella.

La Encarnación restableció la unión entre Dios y el hombre, que el pecado había roto; la Redención reconcilió al hombre pecador con Dios ofendido y la muerte del Redentor, ofrecida por todos los hombres, tuvo eficacia y mérito más que suficientes para salvarlos a todos; pero, es preciso que se nos haga participantes de los frutos de la Encarnación y Redención y el agente de la comunicación de los méritos de Cristo al alma es lo que se llama gracia.

Naturaleza y división de la gracia

Este nombre, en general, significa un don gratuito que se nos otorga sin ningún mérito de parte del que lo recibe. En sentido teológico, en el cual lo tomamos ahora, quiere decir: "Un don sobrenatural que Dios nos concede gratuitamente, en virtud de los méritos de Cristo, para conducirnos a la vida eterna".

La Iglesia y los teólogos distinguen dos suertes de gracia: una llamada gracia actual, y otra gracia habitual. La gracia actual, como su nombre lo indica, es transitoria; es un del momento por el cual Dios nos excita y nos ayuda a evitar el mal y obrar el bien. Este socorro divino, que se nos otorga en tiempo oportuno, es una luz que ilumina nuestra inteligencia, una excitación dada a nuestra voluntad, en fin, un buen movimiento, que nos ayuda, pero que no lo hace todo sin nosotros: para obtener su fin, la gracia actual necesita de nuestra cooperación. Si correspondemos fielmente a ella, adquirimos un mérito; si la hacemos ineficaz por nuestra voluntad, somos culpables. La gracia habitual, que también se llama santificante, permanece en nuestra alma y la hace santa y agradable a Dios. No es un socorro transitorio, sino un influencia permanente divinamente difundida en el alma. Por esto la Escritura designa comúnmente a esta gracia con el nombre de vida. Ella es, en efecto, la vida sobrenatural del alma. También se la llama estado de gracia y caridad.

Necesidad que el hombre tiene de la gracia

La gracia es necesaria al hombre para todos los actos sobrenaturales; pues, como dijo Jesucristo: "Sin Mí no podéis hacer nada" (San Juan, XV, 5); y San Pablo: "No somos capaces de formar por nosotros mismos ni un buen pensamiento: sólo Dios es quien nos da este poder" (II Corint. III, 5); y el Concilio de Trento: "Sin la gracia de Jesucristo, el hombre no podría ser justificado por las obras que ejecuta ayudado de sus fuerzas naturales. La gracia divina no se le concede sólo como un auxilio útil, sino como un socorro necesario. Sin la ayuda del Espíritu Santo, el hombre no podría creer, esperar, amar, arrepentirse, como es necesario, para merecer la santificación" (Ses. VI, can. 1-3).

Pero si la gracia es necesaria para las operaciones sobrenaturales del alma, Dios, en su misericordia, concede a todos los hombres los auxilios que necesitan para obtener su fin: y, como dice el Concilio de Trento: "Dios no ordena imposibles, pero cuando manda nos advierte al mismo tiempo que hagamos lo que podemos y que pidamos lo que no podemos y Él nos ayuda a poder" (Ses. VI, cap. 11). Ya antes había dicho San Pablo: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad"(I Tim. II, 4).

Por consiguiente, Dios jamás niega las gracias necesarias a los justos para cumplir sus mandamientos; ni a los pecadores, por ciegos y endurecidos que estén en la maldad, para arrepentirse y salir del estado de culpa; ni a los infieles, aun a aquellos que no tienen ningún conocimiento de la fe, para salir de su infidelidad.

Sin embargo, como las gracias de Dios no siempre obtienen el efecto que el Señor pretende, los teólogos las dividen en suficientes y eficaces. Llámese gracia suficiente el auxilio que Dios envía al alma, pero no obtiene resultado porque el hombre la resiste. Se denomina eficaz el auxilio que obtiene realmente el efecto para el que Dios le comunica. Esta eficacia deja siempre a salvo la libertad humana: el hombre, puede, en cada instante, seguir el impulso de la gracia o rechazarlo, consentir a las inspiraciones del Espíritu Santo o resistir a ellas. La gracia no arrastra necesariamente y los actos sobrenaturales que lleva a cabo la voluntad con el auxilio divino son actos libres.

La predestinación

Otro carácter, no menos misterioso de la gracia, es el que resulta de la predestinación. Se llama predestinación el acto por el cual Dios nos prepara su gracia en el tiempo y su gloria para la eternidad.

De aquí que los teólogos distingan dos suertes de predestinación, una a la gracia y otra a la gloria. La segunda presupone la primera, porque nadie puede salvarse sin la gracia; pero la primera no lleva consigo la segunda, porque desgraciadamente hay quienes, después de haber recibido el don de la fe y de la justificación, no perseveran en el bien y mueren en desgracia de Dios.

Sin embargo, la Iglesia afirma con el Concilio de Trento (Ses. VI, can. XII, XVII), que nadie es predestinado al pecado ni al infierno; los que se pierden, se pierden libremente; se pierden por elección, por obstinación, por efecto de una perseverancia voluntaria en el mal; se pierden a pesar del mismo Dios, que quiere su salvación y que les prodiga hasta el fin los medios para obrar bien.

La predestinación y la libertad

La enseñanza católica, que acabamos de resumir respecto de la gracia, y, en especial, la eficacia de la gracia divina y el dogma de la predestinación, dan lugar a uno de los problemas más difíciles que tienen que resolver la razón humana y la teología: tal es la conciliación de la acción eficaz de la gracia y de la predestinación con la libertad del hombre.

Los que Dios ha predestinado a la gloria, diremos con Cauly, serán infaliblemente salvos: esta verdad es de fe. Por otra parte, la predestinación no destruye la libertad: esto es, igualmente de fe. ¿Cómo conciliar estas dos verdades? Repitamos primero con Bossuet: Es preciso no abandonar dos verdades igualmente ciertas porque no veamos el nexo que las une.

"El decreto beatífico o reprobador nos e ha dado sino en vista de los méritos o deméritos del hombre. Dios destina eternamente a la gloria a aquellos que prevé que aceptarán y conservarán la gracia. No es su presciencia lo que determina la elección y asegura su suerte; sino que su presciencia se ejerce a causa y en consecuencia de su elección, y da el decreto de gloria a causa y en consecuencia de esta presciencia" (Besson, Les Sacrements, 2a. Conferencia). Así, la predestinación a la gloria o al castigo sería cronológicamente ulterior a ella, porque Dios ha visto los méritos o deméritos del hombre libre antes de predestinarlo al cielo o al infierno. Sin duda, el decreto providencial surtirá necesariamente su efecto, porque Dios, en su presciencia, no puede ver las cosas de distinto modo de lo que han de ser; pero el decreto en sí no es más que la consecuencia de nuestras obras.

¿Qué se ha de pensar, pues, de esta objeción?: "Si estoy predestinado a la gloria, me salvaré infaliblemente; si estoy predestinado al infierno, me condenaré indefectiblemente. Luego, es inútil que trabaje; no me queda sino esperar la ejecución de mi predestinación".

Nada hay más falso que este raciocinio y nada hay tampoco más absurdo. Nada hay más falso, puesto que la predestinación, no destruye para nada la libertad, sino al contrario, la respecta y la supone. El Cielo es una recompensa, el infierno un castigo, que nos esperan con certeza. ¿Pero sabemos cuál es respecto de nosotros el decreto de la Providencia? De ningún modo, y el justo no menos que el pecados más obstinado, no tiene conocimiento de él. Lo que sabemos es que Dios es justo y que somos libres; que nuestra obras buenas merecerán el Cielo y nuestros crímenes el infierno. En nuestra mano está ganar el Cielo, haciendo, con el auxilio de la gracia, todo el bien que podamos; de nosotros depende el trabajar por evitar el infierno; pues obrando así estamos ciertos de que no somos del número de los réprobos.

El raciocinio del fatalista no solamente es falso sino también absurdo. En efecto, Dios no ha previsto solamente desde la eternidad lo que concierne a nuestra suerte en la vida futura, sino que juntamente ha previsto todos los acontecimientos de la vida presente. Sabe que tal enfermedad será mortal o no, que tal proyecto debe realizarse o fracasar, que tal trabajo será fructuoso o estéril, que tal hombre será rico o pobre. ¿Y por este solo razonamiento "Dios sabe con ciencia cierta lo que sucederá", el enfermo va a renunciar a los cuidados del médico, el hombre de negocios o de labor a su proyecto o a su trabajo? No; todos se acuerdan prácticamente de la frase de La Fontaine: "Ayúdate y el Cielo te ayudará", y obran, en la medida de sus fuerzas, para llegar al fin que desean. Así debe hacerse en orden a la salvación. El cristiano sabio y prudente se esfuerza por preparar su destino, sabiendo que Dios se lo dará tal cual sus obras lo hayan merecido.

La eficacia de la gracia y la libertad humana

El problema de la armonía entre la eficacia de la gracia y la libertad humana, no es más insoluble, a pesar del misterio que a menudo le envuelve. A la luz de la eternidad todas las tinieblas habrán desaparecido; en este Mundo quedan algunas sombras. Cualquiera que sea la opinión teológica que se admita sobre la causa real de la eficacia de la gracia, no es por eso menos cierto que la libertad humana queda entera en todas las circunstancias y condiciones en que la gracia puede obrar.

En efecto, tres estados de presentan en que el alma se halla particularmente bajo la acción de la gracia. Ahora bien, sea que se trate de pasar de la infidelidad a la fe, o del pecado al estado de justicia y santidad, o bien que sea cuestión de la perseverancia del alma justa, la libertad humana permanece intacta.

El infiel es libre en todos los actos que preparan su conversión; si cree en la palabra de Dios, si confía en sus promesas, si comienza a amarle, si se arrepiente, si cambia de vida, tiene conciencia de que ejecuta estos actos libremente. Lo mismo sucede con el pecador: la justificación no la recibe sino mediante un acogimiento espontáneo y libre hecho a la gracia que le previene; la idea de volver a Dios, el arrepentimiento, la confesión, la reparación, otros tantos actos absolutamente libres. Y en fin, el alma justa que persevera, practica de un modo enteramente libre todos los actos que aumentan su santidad y su recompensa, si bien bajo la influencia de la gracia. Su oración, sus limosnas, sus actos de virtud, todo es libre: y esta alma tiene conciencia de que bajo el influjo de esta misma libertad puede en un momento, por un solo acto, por una palabra, un pensamiento, un deseo de hacerse rebelde, comprometerlo todo.

Es, pues, cierto que la conciliación de la gracia y de la libertad, aunque a veces sea misteriosa, no es imposible ni irracional, y esto es lo que debíamos demostrar.

Por: Cristiandad.org | Fuente: Cristiandad.org

¿Se puede comprobar la Resurrección de Cristo?


La resurrección de Cristo es el dogma fundamental del cristianismo, es un hecho que ha sucedido en la realidad.


Jesucristo, después de ser crucificado, estuvo muerto y enterrado, y al tercer día resucitó juntando su cuerpo y su alma gloriosos para nunca más morir. Por tanto, Jesucristo está ahora en el cielo en cuerpo y alma. La resurrección de Cristo es el dogma fundamental del cristianismo.

La expresión de San Mateo atribuye a Jesús sepultado una duración de "tres días y tres noches". Pero tal expresión venía a ser idéntica a la duración hasta el tercer día, al juzgarse el día como una unidad de día-noche. El decir "tres días y tres noches" es un modismo equivalente a "al tercer día"».

Antes de morir Jesús había profetizado varias veces su resurrección. Por lo tanto, al resucitar por su propio poder, demostraba nuevamente, y con la prueba más convincente, que era Dios. Dice San Mateo, que los fariseos mandaron a sus soldados que habían estado guardando la tumba, que dijeran: «Sus discípulos vinieron de noche estando nosotros dormidos y lo robaron».

San Agustín dio a esto una respuesta definitiva: «Si estaban durmiendo, no pudieron ver nada. Y si no vieron nada, ¿cómo pueden ser testigos?». Los teólogos modernos buscan diversas explicaciones al hecho de la resurrección de Cristo. Pero cualquiera que sea la interpretación debe incluir la revivificación del cuerpo, si no se quiere hundir la teología de la resurrección.

Algunos dicen que la resurrección de Cristo no es un hecho histórico, pues no hay testigos. Este modo de hablar es ambiguo y puede confundir; pues «no histórico» puede confundirse con «no real». Por eso no debe emplearse, como recomienda el padre José Caba, S.I., Catedrático de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en su libro «Resucitó Cristo, mi esperanza». La resurrección de Cristo es un hecho que ha sucedido en la realidad. Aunque no haya habido propiamente ningún testigo del hecho de la resurrección, en cuanto tal, es histórica en razón de las huellas dejadas en nuestro mundo y de las que dan testimonio los Apóstoles.

Si aparece un coche en el fondo de un barranco y está destrozado el pretil de la curva que hay en ese sitio, no necesito haber visto el accidente, para comprender lo que ha pasado. De la misma manera puedo conocer la resurrección de Jesucristo. Para otros sí se puede considerar como hecho histórico, pues puede localizarse en el.espacio y en el tiempo; y según Pannemberg es histórico todo suceso que puede ser colocado en unas coordenadas de espacio y tiempo. Por eso para el P.Ignacio de La Potterie, S.I., que es uno de los mejores especialistas en el mundo del Evangelio de San Juan, la resurrección de Cristo tuvo una realidad física, histórica.

La resurrección de Cristo la refiere San Pablo en carta a los Corintios, el año 57, es decir, a contemporáneos de los hechos:
«Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día»(394). Y lo atestigua San Pedro: «De Jesús resucitado todos nosotros somos testigos». San Lucas lo afirma enfáticamente: «El Señor ha resucitado verdaderamente».

Cristo estaba muerto en la cruz. Por eso los verdugos no le partieron las piernas como solían hacer para rematar a los crucificados. Si no hubiera estado muerto, le hubiera matado la lanzada que le abrió la aurícula derecha del corazón.
La cantidad de sangre que salió después de la lanzada, según el relato de San Juan que estaba allí presente, dicen los médicos, sólo se explica porque la lanza perforó la aurícula derecha que en los cadáveres está llena de sangre líquida. Al tercer día el sepulcro estaba vacío: no estaba el cuerpo de Cristo. La fe en la resurrección de Jesucristo parte del sepulcro vacío. Oscar Cullmann, protestante, de la Universidad de Basilea, dice: la tumba vacía seguirá siendo un acontecimiento histórico . Los Apóstoles no habrían creído en la resurrección de Jesús de haber encontrado su cadáver en el sepulcro. Los cuatro evangelistas relacionan el sepulcro vacío con la resurrección de Cristo:

a) San Mateo: «No está aquí, pues ha resucitado».
b) San Marcos: «Ha resucitado, no está aquí».
c) San Lucas : «No está aquí, sino que ha resucitado».
d) San Juan al ver la tumba vacía y la disposición de los lienzos «vio y creyó» que había resucitado; pues si alguien hubiera robado el cadáver, no hubiera dejado los lienzos tan bien puestecitos.

San Juan vio la sábana, que había cubierto el cadáver de Jesús, yaciendo en el suelo, y doblado aparte el sudario que había estado sobre su cabeza. Según los especialistas la palabra «ozonia» usada por San Juan debe traducirse por «lienzos» y no por «vendas» como hacen algunos equivocadamente. Es verdad que las vendas son lienzos, pero no todos los lienzos son vendas.

El sepulcro vacío sólo tiene dos explicaciones. O alguien se llevó el cadáver o Cristo resucitó. El cadáver no lo robaron los enemigos de Cristo, pues al correrse la noticia de la resurrección la mejor manera de refutarla hubiera sido enseñar el cadáver. Si no lo hicieron, es porque no lo tenían.

Tampoco lo tenían sus amigos, pues los Apóstoles murieron por su fe en Cristo resucitado, y nadie da la vida por lo que sabe es una patraña. Se puede dar la vida por un ideal equivocado, pero no por defender lo que se sabe que es mentira. Es evidente que los Apóstoles no escondieron el cadáver.

Luego si Cristo estaba muerto, y el sepulcro estaba vacío, y nadie robó el cadáver, sólo queda una explicación: Cristo resucitó.
San Pablo nos habla también de la resurrección de Cristo en la Primera Carta a los Tesalonicenses del año 51 de nuestra era : Jesús murió y resucitó; y en la Primera Carta a los Corintios del año 55: Cristo resucitó al tercer día. Una confirmación de la resurrección de Cristo es la Sábana Santa de Turín donde ha quedado grabada a fuego su imagen por una radiación en el momento de la resurrección. No hay explicación más aclaratoria.

La resurrección de Jesucristo es totalmente distinta de la resurrección de Lázaro o de la del hijo de la viuda de Naín: éstos resucitaron para volver a morir, pero Cristo resucita para nunca más morir. «Cristo resucitado de entre los muertos, ya no vuelve a morir». La resurrección de Cristo no fue una reviviscencia para volver a morir, como le pasó a Lázaro; tampoco fue una reencarnación, propia del budismo y del hinduismo; menos aún fue el mero recuerdo de Jesús en el ánimo de sus discípulos. Fue el encuentro con Jesús resucitado lo que provocó la fe de los discípulos en la resurrección, y no viceversa. La resurrección no fue la consecuencia, sino la causa de la fe de los discípulos. (...) Jesucristo fue restituido con su humanidad a la vida gloriosa, plena e inmortal de Dios. (...) Se trata de la transformación gloriosa del cuerpo .

Después de resucitar, antes de subir al cielo con su Padre, estuvo varios días apareciéndose a los Apóstoles que comieron con Él y le palparon con sus propias manos. Los fantasmas no comen ni se dejan palpar. Cristo resucitado cenó con los Apóstoles y se dejó palpar por Santo Tomás. Decía Cristo : «Soy Yo. Tocadme y ved. Un espíritu no tiene carne y hueso, como veis que Yo tengo».

San Pedro lo recuerda: «Nosotros hemos comido y bebido con Él después que resucitó de entre los muertos». En una ocasión se apareció a más de quinientos estando reunidos. Así nos lo cuenta San Pablo escribiendo a los Corintios, y añadiendo que muchos de los que lo vieron, todavía vivían cuando él escribía aquella carta, en los años 55-56 de nuestra Era. El verbo empleado por San Pablo excluye una interpretación subjetiva del término, «aparición». Las apariciones de Jesús son un motivo de credibilidad en la resurrección de Cristo.
Jesús resucitado tiene un cuerpo glorioso con propiedades distintas a las de un cuerpo material .

En la Biblioteca Nacional de Madrid he leído un incunable en el que Poncio Pilato escribe al emperador Tiberio sobre Cristo. Dice:
Después de ser flagelado, lo crucificaron. Su sepultura fue custodiada por mis soldados. Al tercer día resucitó. Los soldados recibieron dinero de los judíos para que dijeran que los discípulos robaron su cadáver. Pero ellos no quisieron callar y testificaron su resurrección. Sabemos con certeza que existieron unas actas oficiales de Poncio Pilato, Procurador de Judea, al Emperador Tiberio, como era obligación y costumbre en el Imperio por testimonio de Tertuliano (siglo III).
 
Por: P. Jorge Loring, S.I. | Fuente: Catholic.net